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The Roman Peter II: The Last Pope?
By Jorge R. Araujo-Matiz

CAPITULO 1

EN EL AÑO DE NUESTRO SEÑOR 1139 Los blancos acantilados de Dover, esas enormes masas que se elevaban desde las aguas del canal, de un color blanco grisáceo presentaba una hermosa vista para Malaquias y Christian, que los contemplaban desde la cubierta de la pequeña embarcación que los había aceptado como pasajeros a cambio de unas piezas de plata, para cruzar el Canal hasta Francia. Varias familias y algunos niños se encontraban abordo, algunos franceses, pero la mayoría inglesa. Los ancianos celebraron la presencia de los dos sacerdotes, como signo de buena suerte en la travesía. Navegaban al impulso de una brisa suave, en un mar suficientemente calmo, pero la niebla se estaba haciendo mas y mas espesa, nada extraño en estas latitudes, donde las diarias lloviznas contribuían al color verde intenso de todo del entorno de la campiña Inglesa... la niebla luego de una media hora de navegación estaba disminuyendo con la fuerza del viento que se había levantado mientras navegaban. Las olas estaban aumentando de tamaño y el sonido de las mismas al chocar contra las maderas de la embarcación, comenzaba a causar temor a los viajeros, especialmente las mujeres a bordo y los niños. Malaquias había cruzado el canal varias veces, y nunca había encontrado éste, totalmente calmo desde el principio al final de su viaje. Estaba preparado para cualquier cambio brusco en el tiempo. Los pasajeros estaban concentrados afuera, tratando infructuosamente de ver algo mas allá de la espesa niebla que se cernía alrededor de la barcaza, la cual al conjuro del viento se estaba disipando, pero dejando en su lugar un cielo totalmente cubierto de gris oscuras nubes, mientras los marineros, estaban asegurando las sogas de las velas y comprobando los nudos. Algunos relámpagos comenzaban a iluminar el firmamento, y las agitadas aguas, estaban salpicando aquellos en la cubierta iniciándose el éxodo, hacia la parte interior de la barcaza. Ante las ordenes de los marinos, que reiteraban que buscaran protección, en la bodega, pero asegurando a los pasajeros al mismo tiempo, que no había nada que temer. Malaquias y Christian con sus ropajes monásticos eran el punto de mira de los pasajeros que poco acostumbrados, a los viajes marinos, buscaban la protección de Dios. -Cualquier Dios – pensó Malaquias, ya que sospechaba, que ninguno de ellos había visto antes un altar cristiano, pero una mezcla de ritos paganos, y liturgia católica. A pesar de ello, él y Christian hicieron lo posible para consolarlos, brindando soporte moral y confianza a aquellos que se acercaban. Una tarea un poco difícil, ya que era prácticamente imposible el caminar tan solo unos pasos, entre las mesas y bancos, firmemente asegurados a las tablas del piso, sin hacerlo en zigzag, de un lado a otro de la embarcación. Las olas, levantaban y dejaban caer la embarcación con el poder del viento y el agua, que penetraba continuamente por debajo de la puerta, corriendo en libre cascada por la simple escalera de madera. El ruido del viento, las olas y el crujir de las tablas de la embarcación, junto con el sonido de las velas que producían el sonido seco de unos golpes, ahogaban en cierto modo, los llantos y gritos de las mujeres, y la no poca preocupación de los hombres, quienes no se expresaban con sonidos, pero cualquiera podía ver en sus ojos, y el resto de su rostro. Expresiones que no indicaban precisamente el valor que pretendían tener. En un momento, habiendo durado aproximadamente una hora, la cual parecía haber tomado mucho mas, de pronto el viento calmo, y comenzó a vislumbrase un azul limpio del firmamento, con algunas nubes blancas, navegando sin prisa, en un cielo sin limites, como si lo pasado solo fuera una pesadilla, sin nada que ver con la realidad. Lentamente, hombres y mujeres, volvieron a ocupar los lugares en la cubierta gozando ahora del suave balanceo de la embarcación, contando las crestas de las olas, y viendo extenderse en la distancia, la oscura masa de las costas de Francia. El resto del viaje sucedió sin mayores incidentes, y cesada la necesidad del temor a morir, los monjes, encontraron con solo unos pocos, evidentemente fieles católicos que se interesaron por la presencia de Malaquias y Christian. Finalmente, las costas de Caláis, estaban a unas pocas leguas marinas ya se veían los detalles de un muelle de madera, con varias embarcaciones pequeñas, y una cantidad de redes pesqueras en diferentes estados de arreglo, estaban alineadas a lo largo de la costa, y algunos restos de botes pesqueros, los que fueran en tiempos pasados el principal medio de sustento de varias familias. La habitual cantidad de mendigos, la mayoría profesionales, se agrupaban junto al lugar designado para el amarre de la barcaza, unos para mendigar algunas monedas de cobre, otros para llevar los bultos transportados y otros menos deseosos de servir pero aptos para hacer desaparecer un bolso con monedas con mas habilidad que un hechicero. Christian y Malaquias, esperaron hasta que las mujeres y casi todos los hombres descendieron por la planchada, mezclándose ente la muchedumbre, algunos tomando algunos carruajes que se rentaban o estaban esperando amigos o familias otros simples, mas aptos para transportar animales al mercado, eran usados para ganar alguna tan necesitadas monedas, llevando a los menos pudientes, y sus equipajes a sus lugares de destino Malaquias y Christian, se distinguían de la multitud, sus largas vestimentas de color marrón, con su cinturón como uno soga, sujetando sus cinturas ropas, incorporadas a sus ropas una capucha, para protegerlos de los elementos, terminando con unas sandalias de cuero, eran como el uniforme de los religiosos. A pesar de distinguirse inmediatamente como personajes del clero, ello no les impidió ser acosados por los niños en busca de algo que les permitiera llevar a sus casas, para reducir el hambre y la pobreza reinante. El convento al cual se dirigían, como su primera parada en territorio francés, solo estaba a una legua de distancia, así que ambos ya habían decidido el caminar hasta el mismo. Pidieron direcciones a los trabajadores en el puerto, y una vez obtenidas los dos monjes, colgaron de sus fuertes hombros, los envoltorios de cuero con sus pertenencias y se dirigieron por el camino que los conducía al convento. Hacia casi una hora que los dos hombres estaban caminando por un sendero hecho por los pocos carruajes y ganado que circulaban por el, ondulantes colinas con predios separados del camino y entre si, por cuidadosamente alineadas piedras, que los aldeanos sacaban de los campos, para poder arar y cosechar los productos, al mismo tiempo establecer sus derechos a los lotes, concedidos por la corona, o los nobles, con derecho feudal a las tierras, o dadas en arriendo a los campesinos en sus feudos. Al alcanzar el tope de una de las colinas , con la maravillosa vista de los campos y las pocas viviendas, permanecieron en silencio recobrando el aliento y admirando el panorama de Francia, cuando vieron que se acercaba hacia ellos en sentido contrario a donde se dirigían, una mujer con dos niños con firme paso a pesar de el inclinado camino que estaba recorriendo, su larga cabellera dorada caía libremente en cascada pasando su cintura, Un largo vestido, de color gris azulado que a pesar de lo amplio , mostraba a cada paso las líneas de su esbelta figura, con un cordón hecho del mismo material, rodeando su cintura. more.... Available at:
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